Dolor lumbar, ciática, hormigueo o pérdida de fuerza pueden aparecer con una hernia discal L4-L5. Analizamos sus síntomas, diagnóstico, tratamientos y cuándo operar
Empieza como una molestia en la zona lumbar. Después, un día, el dolor baja hacia la nalga y continúa por la pierna. Quizá aparece también un hormigueo extraño o la sensación de que una pierna ya no responde exactamente igual que antes. Una hernia discal L4-L5 puede manifestarse de maneras muy diferentes y, aunque es una localización frecuente de las hernias lumbares, encontrarla en una resonancia no significa automáticamente que sea la responsable de todos los síntomas ni, mucho menos, que haya que operar.
Este último punto resulta especialmente importante. Las pruebas de imagen pueden mostrar alteraciones discales en personas que no tienen dolor. Por eso, el diagnóstico necesita relacionar lo que aparece en la resonancia con la exploración y con lo que realmente está experimentando el paciente.
El Dr. Juan Álvarez de Mon, jefe de la Unidad de Espalda del Hospital San Rafael de A Coruña, destaca precisamente la importancia de esa correlación. «No tratamos una imagen de resonancia, sino a una persona. Una hernia puede parecer llamativa radiológicamente y producir pocos síntomas, mientras que otra aparentemente menor puede comprimir una raíz nerviosa y limitar enormemente la vida del paciente».
La pregunta relevante, por tanto, no es únicamente cuánto mide una hernia. Es qué está haciendo esa hernia.
Qué significa realmente tener una hernia discal L4-L5
La columna lumbar está formada por cinco vértebras, identificadas desde L1 hasta L5. Entre ellas encontramos los discos intervertebrales, estructuras que actúan como elementos de amortiguación y ayudan a distribuir las cargas mientras caminamos, nos inclinamos, giramos o levantamos peso.
Cada disco posee una parte central más blanda, el núcleo pulposo, rodeada por un anillo fibroso más resistente.
Cuando parte del material discal se desplaza a través de una zona debilitada o dañada del anillo hablamos de una hernia discal. Si esto ocurre entre la cuarta y la quinta vértebra lumbar, estamos ante una hernia discal L4-L5.
El problema aparece fundamentalmente cuando ese material entra en conflicto con una raíz nerviosa. Dependiendo de la localización de la hernia, pueden aparecer síntomas que se extienden mucho más allá de la espalda.
El desgaste progresivo de los discos asociado a la edad es uno de los factores que favorecen estas lesiones. Con el tiempo pierden hidratación y flexibilidad y se vuelven más vulnerables. En otras ocasiones, los síntomas comienzan después de levantar una carga, realizar un giro o hacer un esfuerzo.
Y muchas veces no existe un momento concreto que el paciente pueda identificar.
«Es frecuente que alguien llegue a consulta intentando recordar qué movimiento hizo mal -explica el Dr. Álvarez de Mon-. Pero una hernia discal no siempre responde a un único gesto. A menudo existe un proceso degenerativo previo y los síntomas aparecen cuando el disco empieza a afectar a una estructura nerviosa».
Síntomas de una hernia discal L4-L5: cuando el dolor empieza a viajar
Una hernia discal L4-L5 no tiene por qué limitarse al típico dolor en la zona baja de la espalda. Cuando existe afectación de una raíz nerviosa, el dolor puede irradiarse hacia la nalga y la extremidad inferior.
Dependiendo de la raíz afectada y de las características concretas de la compresión, pueden aparecer además hormigueo, alteraciones de sensibilidad o pérdida de fuerza. Ese patrón es una pista importante.
Pensemos en alguien que trabaja ocho horas sentado. Empieza con molestias lumbares y cree que se deben a la postura. Días después, descubre que al levantarse el dolor recorre una pierna y determinadas zonas comienzan a sentirse «dormidas». Ya no estamos únicamente ante una espalda dolorida: existen síntomas neurológicos que merecen valoración.
También puede resultar más difícil realizar determinados movimientos o actividades cotidianas. Caminar, permanecer de pie, conducir, agacharse o incluso dormir pueden convertirse en situaciones incómodas.
La tos o el estornudo pueden intensificar el dolor irradiado en algunos pacientes.
Sin embargo, no todas las hernias producen síntomas. Una hernia discal L4-L5 puede aparecer de manera incidental en una prueba realizada por otro motivo y no necesitar ningún tratamiento específico.
«Lo que nos orienta es la coherencia entre síntomas, exploración neurológica e imagen. Tenemos que comprobar si lo que vemos en la resonancia explica realmente lo que le ocurre al paciente», señala el jefe de la Unidad de Espalda.
Cómo se diagnostica y por qué la resonancia no lo explica todo
El diagnóstico comienza escuchando. ¿Dónde empieza el dolor? ¿Hasta dónde llega? ¿Existe hormigueo? ¿Ha aparecido pérdida de fuerza? ¿Qué movimientos empeoran los síntomas? ¿Desde cuándo ocurre?
Después llega la exploración física y neurológica. El especialista puede evaluar fuerza muscular, sensibilidad, reflejos, movilidad y diferentes maniobras destinadas a comprobar si existe irritación de una raíz nerviosa.
La resonancia magnética permite estudiar con detalle los discos y las estructuras nerviosas y confirmar la presencia, localización y características de una hernia discal L4-L5.
Pero la imagen debe interpretarse dentro del contexto clínico.
Encontrar una protrusión o una hernia en una resonancia no convierte automáticamente ese hallazgo en la causa del dolor. De hecho, pueden encontrarse alteraciones discales en personas sin síntomas. Este es uno de los motivos por los que no resulta recomendable interpretar un informe radiológico de manera aislada.
En determinados casos pueden utilizarse otras pruebas para completar el estudio. «Una resonancia aporta muchísima información, pero no sustituye a una buena exploración -explica el Dr. Juan Álvarez de Mon-. La decisión terapéutica debe basarse en el conjunto: qué síntomas existen, qué déficit encontramos y qué estructura está comprometida».
Esto evita tanto infravalorar una compresión relevante como someter a tratamientos innecesarios a pacientes con hallazgos radiológicos que no explican sus molestias.

Hernia discal L4-L5: tratamiento conservador antes de pensar en cirugía
Recibir el diagnóstico de hernia discal L4-L5 suele provocar una pregunta inmediata: «¿Voy a tener que operarme?». En la mayoría de los casos, no.
Muchos pacientes mejoran con tratamiento conservador. La estrategia concreta depende de los síntomas, pero puede incluir tratamiento farmacológico indicado por el médico, adaptación temporal de determinadas actividades y fisioterapia.
El reposo absoluto prolongado no suele ser recomendable. Siempre que la situación clínica lo permita, mantener cierto grado de actividad y recuperarla progresivamente ayuda a evitar rigidez y pérdida de musculatura.
La fisioterapia puede trabajar movilidad, fortalecimiento y estrategias que permitan recuperar gradualmente la actividad.
En pacientes seleccionados con dolor radicular persistente también pueden considerarse procedimientos intervencionistas, como determinadas infiltraciones, dentro de una estrategia individualizada.
La evolución es fundamental. No es lo mismo un paciente cuyo dolor disminuye progresivamente durante las primeras semanas que alguien que desarrolla una pérdida de fuerza cada vez mayor.
«Dar tiempo al tratamiento conservador no significa dejar al paciente simplemente esperando. Hay que controlar la evolución, tratar los síntomas y vigilar especialmente la aparición o progresión de déficits neurológicos», sintetiza.
La mayoría de las hernias discales sintomáticas pueden evolucionar favorablemente sin cirugía, pero el seguimiento permite detectar aquellos casos que necesitan otro abordaje.
Cuándo puede ser necesario operar una hernia L4-L5
La cirugía se plantea fundamentalmente cuando existe una indicación clínica clara. Una situación habitual es la persistencia de dolor radicular intenso e incapacitante a pesar de haber realizado un tratamiento conservador adecuado. También adquiere especial relevancia la existencia de una pérdida de fuerza significativa o progresiva relacionada con la compresión nerviosa.
Cuando se indica cirugía por una hernia discal L4-L5, uno de los procedimientos utilizados es la discectomía o microdiscectomía, cuyo objetivo es retirar el fragmento de disco que está comprimiendo la raíz nerviosa y liberarla.
Dentro de las opciones quirúrgicas, la Unidad de Espalda del Hospital San Rafael se ha especializado además en la discectomía endoscópica, una técnica mínimamente invasiva que permite acceder a la zona afectada mediante una pequeña incisión y utilizando una óptica endoscópica para visualizar y retirar el fragmento discal que comprime la raíz nerviosa.
Al reducir la agresión sobre los tejidos y la musculatura que rodean la columna, este abordaje puede favorecer una recuperación postoperatoria más rápida y disminuir el impacto de la intervención en pacientes adecuadamente seleccionados. No todas las hernias son candidatas a una discectomía endoscópica, por lo que su indicación depende de la localización y características de la hernia, los síntomas y la situación clínica de cada paciente.
La cirugía, en todo caso, pretende resolver fundamentalmente el conflicto neurológico. Por eso, sus resultados deben interpretarse de manera diferente cuando predomina el dolor irradiado hacia la pierna que cuando el único síntoma es una lumbalgia inespecífica.
Existe, además, un escenario poco frecuente pero especialmente importante: el síndrome de cola de caballo.
La aparición de alteraciones en el control de la orina o las heces, pérdida de sensibilidad en la región perineal —la denominada anestesia «en silla de montar»— o determinados déficits neurológicos graves exige una valoración médica urgente, ya que una compresión importante puede producir lesiones permanentes si no se trata rápidamente.
«Hay síntomas ante los que no debemos esperar -advierte el Dr. Álvarez de Mon-. Los trastornos esfinterianos, la anestesia perineal o una pérdida de fuerza rápidamente progresiva requieren una valoración urgente».
Una resonancia no decide una operación: la decide el paciente junto al especialista
La hernia discal L4-L5 es frecuente, pero detrás de ese diagnóstico existen situaciones completamente diferentes. Una persona puede descubrirla accidentalmente y no presentar síntomas. Otra puede experimentar dolor durante unas semanas y mejorar con tratamiento conservador. Y un tercer paciente puede desarrollar una compresión nerviosa que limite seriamente su movilidad y haga necesario valorar una intervención.
Por eso, leer «hernia L4-L5» en el informe de una resonancia no debería interpretarse automáticamente como una mala noticia. La cuestión fundamental es determinar si existe correspondencia entre la imagen, los síntomas y la exploración neurológica.
También conviene abandonar otra idea bastante extendida: que tener una hernia significa que la espalda se ha vuelto frágil para siempre. Una recuperación adecuada busca precisamente devolver progresivamente al paciente actividad, fuerza y confianza en el movimiento.
Como resume el Dr. Juan Álvarez de Mon, «el objetivo no es únicamente que desaparezca una imagen o reducir el dolor durante unos días. Queremos que el paciente recupere su función, vuelva a su vida cotidiana y lo haga con la mayor seguridad posible».
Al final, una hernia discal L4-L5 no se mide solo en milímetros. También se mide en algo mucho más cercano: poder volver a caminar, conducir, trabajar, dormir o agacharse sin que cada movimiento esté condicionado por el dolor.
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