Hepatitis autoinmune, cuando el propio cuerpo es el enemigo

La hepatitis autoinmune provoca una inflamación del hígado como consecuencia de los ataques del sistema inmunitario

La hepatitis autoinmune es una inflamación del hígado provocada por los ataques del sistema inmunitario que puede causar complicaciones muy severas en las personas afectadas

El sistema inmunitario es una de las murallas más robustas del cuerpo humano. Formado por un conjunto de células, tejidos y órganos, se encarga de luchar contra las bacterias y virus que penetran en el organismo. Pero cuando tu mejor guerrero se pone en tu contra, las consecuencias pueden ser fatales. Y la hepatitis autoinmune es un claro ejemplo.

Esta inflamación del hígado es causada por los ataques del sistema inmunitario a las células hepáticas, pues las confunde con agentes invasores y trata de dañarlas.

Aunque el motivo por el cual se inician estas agresiones todavía no se ha esclarecido, los especialistas creen que la combinación de los factores genéticos con determinados factores ambientales, como la exposición a algunos medicamentos o virus, podría funcionar como un disparador de esta enfermedad crónica.

«Cuando el sistema inmunológico se activa, produce anticuerpos que atacan las células hepáticas y pueden provocar una respuesta inflamatoria, causando la destrucción de células del hígado», explica David Carral, especialista del Aparato Digestivo en el Hospital San Rafael de A Coruña.

El facultativo añade que «a medida que se destruyen más células hepáticas, se afecta progresivamente la capacidad del hígado para funciones tan importantes como el metabolismo de nutrientes, la eliminación de toxinas o el metabolismo de fármacos, entre muchas otras».

La hepatitis autoinmune no es una patología muy frecuente: tan solo supone un pequeño porcentaje de la cantidad de casos totales de hepatitis crónicas. No obstante, ocasiona brotes muy severos y produce cicatrices en el hígado. Esto es sumamente peligroso, ya que provoca la aparición de afecciones como la cirrosis o la insuficiencia hepática. Y, si la persona afectada no presenta mejoría con los medicamentos, podría ser necesario realizar un trasplante de hígado.

Sin embargo, para comprender la hepatitis autoinmune en profundidad hay que conocer sus factores de riesgo, sus síntomas y los tratamientos a los que puede recurrir el paciente.

El diagnóstico y los factores de riesgo de la hepatitis autoinmune

En función de los anticuerpos que atacan las células hepáticas, es posible distinguir dos grandes tipos de hepatitis autoinmune, a pesar de que sus manifestaciones sean prácticamente idénticas.

La hepatitis autoinmune tipo 1 es la más frecuente, y se caracteriza por la presencia de anticuerpos antinucleares, antimúsculo liso y antiactina. En la hepatitis autoinmune tipo 2, más habitual en los niños y en la población joven, imperan los anticuerpos antimicrosomales de hígado y riñón.

El primer indicio de cualquier enfermedad hepática es un aumento notable de los niveles de las transaminasas en sangre. Y este incremento tan solo se detecta mediante un análisis. El profesional de la salud estudiará con detalle los resultados de la muestra puesto que, según la clase de anticuerpos detectados, ya se podría intuir si se trata de una hepatitis autoinmune o de otra patología.

Sin embargo, para obtener la confirmación es imprescindible poner en marcha una biopsia de hígado. En esta intervención, el médico introduce una aguja muy delgada a través de la piel, para poder llegar al hígado y extraer una pequeña porción de tejido hepático.

Tras estudiar este material ya se podrá diagnosticar la hepatitis autoinmune con certeza, y se podrán dilucidar factores como el estado en el que se haya la afección y el daño que ha causado al órgano hasta el momento.

El diagnóstico temprano de esta enfermedad entraña una importancia crítica. «La detección precoz de la hepatitis autoinmune y el tratamiento oportuno son cruciales para mejorar significativamente la calidad de vida del paciente, prevenir la progresión de la enfermedad y reducir el riesgo de complicaciones graves», apunta el doctor Carral.

¿Y qué hay de los factores de riesgo? Las mujeres entre los 15 y 40 años y las personas con antecedentes familiares suelen ser más propensas a contraer la hepatitis autoinmune, así como aquellas que han sufrido infecciones virales como la hepatitis B o C.

«Las personas que padecen otros trastornos inmunitarios, como lupus, tiroiditis de Hashimoto o diabetes tipo 1 tienen un mayor riesgo», señala el doctor, a la vez que recalca que «ciertos medicamentos pueden desencadenar una respuesta autoinmunitaria que daña el hígado».

De todos modos, el facultativo recuerda que «es importante tener en cuenta que no todos los factores de riesgo conducen necesariamente al desarrollo de la hepatitis autoinmune y que la enfermedad puede aparecer en personas sin factores de riesgo conocidos».

Los síntomas más frecuentes de la hepatitis autoinmune

«Las manifestaciones clínicas de la hepatitis autoinmune pueden variar de un paciente a otro, con un espectro de presentación que puede ser desde asintomático, leve o grave», asegura el especialista en el Aparato Digestivo.

La fatiga, el cansancio y el malestar general son bastante comunes entre las personas enfermas. Pero estas manifestaciones son frecuentes en la gran mayoría de patologías, por lo que es necesario prestar atención a otros síntomas para identificar la hepatitis autoinmune.

Uno de los indicios más claros es la ictericia, una afección caracterizada por la aparición de una tonalidad amarilla en la piel y en la esclerótica. La presencia de angiomas aracniformes, un término para denominar la acumulación de vasos sanguíneos en pequeñas zonas de la piel, también es bastante reveladora.

Al mismo tiempo, los enfermos sufren un agrandamiento del hígado, conocido como hepatomegalia, acompañado de molestias en las articulaciones y dolor en el área abdominal. En las mujeres, esta patología podría causar la interrupción de la menstruación. Y otros pacientes experimentan pérdida de apetito, náuseas, vómitos o fiebre.

La ictericia, caracterizada por una tonalidad amarillenta en la piel y los ojos, es uno de los principales síntomas de hepatitis autoinmune

¿Cuáles son las principales complicaciones?

Si no se trata de forma adecuada, la hepatitis autoinmune puede derivar en cirrosis y ocasionar cicatrices permanentes en el hígado. El tejido sano desaparece por completo y es sustituido por el tejido compuesto por cicatrices, lo que provoca fallos en el hígado y complicaciones muy severas, como las varices esofágicas, la ascitis, el síndrome hepatorrenal, la insuficiencia hepática e, incluso, el cáncer de hígado.

Al bloquearse el flujo de sangre al hígado, esta buscará otras vías alternativas por las que pueda fluir. Normalmente, comenzará a circular por las venas del esófago, que no se hallan preparadas para transportar un volumen de sangre tan alto. Las venas no tardarán en dilatarse, surgiendo así varices esofágicas. Con el paso del tiempo, pueden romperse y generar un sangrado de consecuencias fatales.

La ascitis, otra de las complicaciones más habituales de la cirrosis, consiste en una acumulación de grandes cantidades de líquidos en la cavidad abdominal, causando molestias y dificultando la respiración del paciente.

Si los problemas hepáticos son graves, podrían afectar al funcionamiento de los propios riñones, provocando el síndrome hepatorrenal. Y si el daño en las células del hígado es muy avanzado, podría causar una insuficiencia hepática. En este caso, el órgano perdería la capacidad de realizar sus funciones, lo que requiere atención médica de inmediato, puesto que podría tener que realizarse un trasplante.

Por último, David Carral Martínez afirma que «la inflamación crónica y la cicatrización del hígado pueden aumentar el riesgo de desarrollar cáncer de hígado».

El tratamiento de la hepatitis autoinmune

«El objetivo del tratamiento de la hepatitis autoinmune es frenar el avance de la enfermedad y reducir la inflamación hepática. Para lograrlo, es necesario el uso de fármacos inmunosupresores, los cuales son medicamentos que suprimen el sistema inmune, evitando la inflamación hepática», subraya el especialista en el Aparato Digestivo.

La prednisona es uno de los corticosteroides más comunes para tratar la hepatitis autoinmune. Como indica el facultativo, este medicamento «se utiliza para reducir la inflamación hepática y mejorar los síntomas durante el período de actividad significativa de la enfermedad». Y, para prevenir la progresión de este tipo de hepatitis, los médicos suelen recetar azatioprina durante el mantenimiento.

El porcentaje de éxito de la prednisona es muy elevado. Muchos pacientes presentan una recuperación muy veloz, y comprueban como la enfermedad remite. Algunos de ellos, incluso, podrían llegar a despedirse de la medicación. No obstante, hay veces en las que la afección no tarda en reaparecer. Por este motivo, resulta fundamental someterse a un seguimiento periódico para evaluar el progreso.

Pero los efectos secundarios de este corticosteroide son muy potentes, sobre todo si se emplea a largo plazo. De ahí que la dosis del primer mes sea más intensa, y los médicos la rebajen de modo gradual para evitar que el cuerpo se resienta. «En otros casos, se pueden utilizar otros medicamentos como la ciclosporina, el tacrolimus o el micofenolato», precisa el doctor Carral.

En los cuadros más graves, los medicamentos no son suficientes para frenar la hepatitis autoinmune y evitar la aparición de una cirrosis o de una insuficiencia hepática. Entonces, el trasplante de hígado se alza como la única solución para lograr una mejoría.

Mediante este procedimiento, el cirujano extrae el hígado dañado e introduce en su lugar uno sano. Normalmente, el órgano procede de un donante fallecido. Pero también se puede trasplantar una pequeña parte del hígado de una persona viva, pues resulta suficiente para que se regeneren las células de ambos.

David Carral enfatiza los beneficios de esta intervención para el paciente: «El trasplante hepático puede ofrecer una oportunidad de mejorar su calidad de vida y prolongar su supervivencia».

El compromiso del Hospital San Rafael con la salud hepática

El hígado es un órgano indispensable para la vida: procesa los nutrientes y los medicamentos, contribuye a la depuración de la sangre eliminando toxinas y bacterias, evita infecciones, segrega bilis para asistir al cuerpo en la absorción de grasas y colesterol y produce proteínas esenciales para la coagulación de la sangre.

Como hemos visto, las consecuencias de un mal funcionamiento pueden ser críticas. Por tanto, si se detecta algún síntoma o se sospecha que se está sufriendo hepatitis autoinmune, se debe acudir a un especialista de inmediato.

Especialistas como los que componen el Hospital San Rafael de A Coruña, un centro que otorga una gran importancia a la salud del hígado.

La creación de la Unidad de Patología Hepática evidencia este compromiso. En ella conviven profesionales de todas las áreas, que trabajan de manera coordinada para realizar un diagnóstico acertado y encontrar el tratamiento más adecuado para cada paciente.